1 oct. 2010

El primer vuelo

Sonó el silbato y todos los niños del patio de abajo comenzaron a caminar hacia los de arriba como los perros a la llamada del amo. En menos de un minuto los trescientos, se arremolinaron junto a los pabellones como un enjambre en torno al panal. Sonó de nuevo el silbato y el desorden se tornó en filas perfectas como las de un pequeño ejército; volvió a sonar y se hizo un silencio en el que se podían escuchar los pasos de los "superiores" vigilando las filas. En lo alto de la escalera de entrada, con su sotana negra que brillaba de suciedad, vigilaba altivo "el consejero". Era como el policía de Dios dispuesto a disciplinar  a los "hijos del pecado"; realizó un último toque y las filas de pequeños sudorosos y polvorientos comenzaron a caminar hacia las clases. El sol se ponía tras los pabellones cuando la última fila se dirigía hacia "el estudio".

Era casi la hora de la cena y el cansancio mermaba la capacidad para el estudio de Lorenzo (El loro), a pesar de que era un muchacho fuerte para sus diez años. Ese día, como muchos otros, se había pasado todos los recreos castigado en el mismo árbol por romper el silencio de la fila. Era muy alegre y le gustaba hablar con sus compañeros; por eso, se le hizo tan duro estar quieto en un árbol del patio viendo como sus amigos jugaban. Las normas decían, que nadie podía acercarse a un castigado en un árbol, ni hablarle, a riesgo de sufrir un castigo similar. En ese momento del estudio, sentado en el pupitre, con la mirada fija en el libro de matemáticas, se veía a sí mismo bañándose en la poza que formaba el río. "Se encontraba subido en una roca a bastante altura y veía a sus amigos chapoteando que desde abajo le gritaban. No podía oír nada debido a la excitación. Dobló ligeramente sus piernas he impulsándose, saltó.  Sintió que volaba y experimentó un inmenso placer al hundirse en el agua fría. Cada poro de su piel apreciaba la caricia del agua y la ingravidez hacía que se sintiera feliz".

Un ... — ¡Recojan! — hizo que viera de nuevo el libro y sintiera las agujetas en las piernas. Por filas, fueron saliendo en silencio y así siguieron en la calle camino del comedor; éste, era una enorme estancia donde cabían todos, con filas de mesas de "mármol" redondas y una tarima desde donde vigilaba el consejero. Cuando entró el último, entonó un ... — En el nombre del padre... Tras recitar las oraciones, como si de el coro de una tragedia griega se tratara, sonó el silbato y el estruendo que hicieron las sillas parecía que iba a derribar el edificio. Un nuevo pitido y estalló el griterío de las trescientas gargantas igual que espectadores de un circo romano. El ruido era  tan ensordecedor que parecía imposible que se pudieran entender. En ese momento, algunos de los mayores que ocupaban las mesas cercanas a la cocina se levantaron y se dirijieron a ella para ejercer su papel de "sirvientes". Unos, con una jarra de metal en cada mano, fueron llevando agua a cada mesa. Otros, los más privilegiados, servían las perolas, haciendo bueno el dicho popular de: quien reparte, reparte...

Tras la cena volvió a sonar el silbato y el griterío de nuevo se tornó en silencio. Más rezos y más filas silenciosas, esta vez, camino de los dormitorios. Parecía una procesión. Dos larguísimas filas caminaban por las interminables galerías e iban dejando al pasar  a  cada uno en el suyo. Éstos, tenían nombres de santos; el primero, San Jorge, era el de "los bomberos"; así se denominaba a los "meones". Dicen que cuando se orinaba uno de los pequeños, tenía que posar con las sábanas en la cabeza; cierto o no, el olor que bajaba del primer piso donde se encontraba el dormitorio era tremendo y los niños que pernoctaban en ese dormitorio eran tratados como leprosos a pesar de que alguien aseguraba que lo hacían por falta de cariño.

Lorenzo se quedó en el de San José; orinó antes de acostarse, pues le aterrorizaban los enormes y oscuros baños que se situaban en la galería a varios metros del dormitorio, y se metió en la cama. Una vez dentro, comenzó a desvestirse dejando la ropa sobre la mesilla. Esta noche, Lorenzo oía la voz del lector sin atender al relato de la vida de Santo Domingo Sabio y, recordaba cuando llegó nuevo: al ir a desvestirse, los compañeros se comenzaron a reír e inmediatamente el "superior" le ordenó que lo hiciera dentro de la cama. Atónito y avergonzado miró a su alrededor observando que todos hacían lo mismo. En el dormitorio habría unas cincuenta camas dispuestas en tres filas, separadas entre ellas por mesillas; al fondo un banco con betunes y una manta para sacar brillo a los zapatos, en una esquina, a la entrada, se encontraba la celda del "superior" formada por dos sábanas blancas donde, al apagar la luz, se podía vislumbrar su silueta en unas sombras chinescas.

El lector hizo silencio y la luz se apagó; quedó tan sólo la tenue y blanquecina de la celda del superior. Lorenzo se veía, esta vez, en el recreo pegado al árbol; "de pronto un balón llegó rodando hasta sus pies; detrás se lo pedían unos niños mayores que él; paró el balón con el pié derecho y echó a correr con él hacia la portería, regateando cuantos salían a su paso; al llegar a la linea del área pequeña, como una montaña, se encontraba "el consejero"; pasó el balón por debajo de la sotana, dio un quiebro y, chutó marcando por toda la escuadra ¡Goool...! Todos los amigos le felicitaban; se sentía un héroe."

La luz de la celda se había apagado hacía rato y Lorenzo no había podido conciliar el sueño. Se giró en la cama  y el corazón se le encogió cuando vio en la puerta la silueta de una sotana. Se hizo el dormido y con los ojos entreabiertos pudo reconocer por el reflejo de sus gafas en la oscuridad, "al catequista". Acurrucado en su cama, a mitad del dormitorio, reconoció sus andares cuando avanzaba por el pasillo que formaban las camas. De pronto se paró junto a la de su amigo "El Rubio". Vio como le llamaba y como al poco tiempo salían juntos por la galería. Su corazón se le salía del pecho y clavó los dedos en la almohada con rabia. Ya sabía de los paseos nocturnos del catequista y de sus clases de "educación sexual". Imaginó a su amigo caminando sólo con él por las interminables galerías. Lo imaginó saliendo a la calle y bajando a los pabellones de abajo. No quiso seguir imaginando; temblaba. Pensó que tardaban mucho. La  espera se le hizo eterna hasta que vio aparecer, de nuevo, las siluetas en la puerta del dormitorio.

A la mañana siguiente, en la silenciosa fila, camino de la iglesia, "El Rubio" había bajado la mirada al cruzarse con la suya. Le observó en la fila que, tras la misa, les llevaba a clase para el primer estudio y sus ojos no pararon de mirar al suelo. En el estudio su mirada siguió perdida. Intentó colocarse  detrás en la fila que les llevaba al comedor para el desayuno, pero "El Rubio" no le esperó como en otras ocasiones. Lorenzo nunca le preguntó y "El Rubio" nunca comentó el incidente de aquella noche. A Rogelio Martínez "El Rubio", como a otros muchos, le acompañaría esa noche durante toda su vida.

Era víspera de Todos los Santos y como todos los años, recorrerían de paseo, los cuatro kilómetros que los separaban del cementerio del pueblo de al lado. El Loro lo había estado planeando durante semanas. Sería mañana. Estaba invadido por la excitación. Había pedido al Rubio que se fuera con él, pero éste había desestimado su oferta. Reclamó al tutor cada semana parte de sus ahorros con la excusa de donarlos a misiones. Esa noche en la cama, sin escuchar la voz cansina del lector, repasaba los detalles.

El día de Todos los Santos, caminaban en fila de a dos al lado de la carretera. A los dos kilómetros iniciaron camino campo a través por una senda entre pinos, hasta que a lo lejos pudieron verse las agujas de los cipreses que anunciaban el cementerio. Al llegar tuvieron tiempo libre para pasear entre las tumbas, como cada año, llenas de flores. Pasada media hora sonó el silbato y en fila de a dos  siguieron a Don Ramiro como el rebaño al pastor, en su camino de vuelta. Al llegar tuvieron recreo y más tarde cena. —¿Donde está Lorenzo?—preguntó Don Ramiro. —¡No sabemos!— respondieron sus compañeros de mesa.
Sonó el estruendo de las sillas y tras el pitido el ruido se hizo ensordecedor. Nadie hablaba en la mesa de Lorenzo. Callados miraban como Don Ramiro hablaba con El Consejero y todos volvieron la mirada cuando éste dirijió la suya a la mesa.

Apenas iban media docena de personas en el tranvía a esas horas. En los asientos de atrás, Lorenzo, acurrucado, miraba  las personas que iban delante y se imaginaba las historias de sus vidas. Los veía llegando a sus casa y cenando con sus familias o acudiendo a una cita secreta. Quedó hechizado cuando el tráfico se tornó más denso y podía ver por la ventanilla parpadear neones de todos los colores

De pronto se vio fuera sin que nadie se fijara en él. Ante sí, tenía un gran número de calles entre el que podía elegir cual tomar. Eligió una al azar y comenzó a caminar. Miraba todo, como si estuviera en otro mundo y sentía como si sus pies no tocaran el suelo. Sus pulmones, llenos de aire, eran como globos que le hicieran flotar, haciendo que sintiera un gran bienestar. La cartelera de un cine le atrajo como Las Sirenas a Ulises: "Siete novias para siete hermanos"¡Que colorido! Unos metros más adelante era el escaparate de una pastelería el que le hacía detenerse; sin sacar las manos del bolsillo contó las monedas y entró. Tras la dulce cena salió a la calle y sintió mucho frío; no llevaba abrigo y la noche en la ciudad castigaba a los insumisos.

Mientras caminaba saboreando aún los dulces sintió el calor que salía de la boca del metro y entró experimentando una agradable sensación de bienestar. Buscó el lugar mas cálido y se acurrucó en él. El cansancio hizo que cerrara los ojos y "se viera corriendo por las calles sin pisar el suelo. La velocidad cada vez era mayor hasta que comenzó a elevarse y remontar los edificios; estaba volando sobre las luces de la ciudad; subió y volvió  a bajar muchas veces sin un rumbo fijo hasta que de pronto algo le atraía desde el suelo; intentó elevarse pero la atracción era demasiado fuerte y comenzó a descender agitando los brazos desesperadamente"; sintió un choque en su hombro y abrió los ojos sin saber donde estaba. Un policía le daba golpecitos : ¡Vamos despierta chico!

Esa noche durmió en un calabozo en una cama mucho mas blanda que la suya y no olvidaría nunca lo que sintió cuando, a la mañana siguiente, los policías le trajeron porras para desayunar. Le sometieron a un breve interrogatorio sobre su identidad y la de sus familiares mas cercanos y desaparecieron temporalmente. Sin saber el tiempo que había transcurrido entró de nuevo el policía : ¡Sígueme!. Le siguió por un estrecho pasillo y al abrir la puerta de uno de los despachos quedó paralizado al ver al Catequista. Al salir esperaba Don Ramiro al volante de la furgoneta; el catequista montó delante y él atrás . Durante el trayecto"pensó en el rubio y el resto de sus amigos e inmediatamente se vio a sí mismo volando con ellos sobre las luces de la ciudad".


3 comentarios:

Anónimo dijo...

Con tu permiso, Andrés, he publicado un enlace de tu relato en mi FB. Narración delicada sobre un hecho cotidiano en aquellos momentos y en aquel lugar. Un abrazo,
Fernando Gessa

Antonio dijo...

Leyendo y releyendo, no puedo más que sentirme,ídentificado con el papel de Lorenzo. Siento que ante mí ha pasado la pelicula de mí vida más fragil.

Joaquín dijo...

No tengo palabras, Andrés. Podría firmarlo Carlos Giménez, del Papus, ¿recuerdas? Paracuellos, Barrio... Creo que no te puedo hacer mayor elogio. Me gustaría colgarlo en la Revista de la Editorial y en el Facebook, ¿te importa?