20 mar. 2015

Una ventana al mar.


La niña ignoró la orden, abrió la puerta de su cuarto, se asomó con sigilo y, descalza para no hacer ruido salió al pasillo; tenía que pasar por delante de la puerta; ésta se encontraba entreabierta y la luz  que arrojaba, trazaba en el suelo la línea que no debía atravesar. Cruzó la línea de luz, recorrió el pasillo lentamente y llegó al salón. Cogió una silla, se encaramó en ella y deslizó su mirada por el estante: allí estaba.

Aquella tarde vivió un auténtico drama cuando llegó de la escuela: su madre le pidió ver los cuadernos y ella remoloneó de tal forma que despertó sin querer su curiosidad; de nada le había servido esconderlo en el fondo de la cartera bajo el ejemplar de El Corán. Ahora, en la soledad de la noche, le invadía la excitación, miró a ambos lados para asegurarse de no ser vista, extendió el brazo y lo tomó. Con mano temblorosa lo abrió: Una ráfaga de viento húmedo y salado sopló su rostro como si hubiera abierto una ventana al mar y de sus páginas salía una voz que decía : “Pueden ustedes llamarme Ismael. Hace algunos años –no importa cuántos, exactamente–, con poco o ningún dinero en mi billetera y nada de particular que me interesara en tierra, pensé darme al mar y ver la parte líquida del mundo…”


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